La dimensión religiosa y el sistema de creencias en la historia de México constituyen un eje fundamental para comprender la evolución social, política y cultural del país desde la época prehispánica hasta la actualidad. A lo largo de milenios, el territorio mexicano ha sido escenario de complejas cosmovisiones politeístas que estructuraban el orden político y agrícola, seguidas por el trauma de la conquista espiritual y el establecimiento del catolicismo postridentino durante el periodo virreinal. La religión en el espacio mexicano no ha operado únicamente como un conjunto de dogmas teológicos o prácticas de fe, sino como una institución vertebradora del poder estatal, un factor de cohesión e identidad comunitaria y, en diversos momentos históricos, un catalizador de profundos conflictos político-sociales.
La historiografía contemporánea aborda la historia de las creencias en México reconociendo tanto la continuidad de elementos simbólicos como las rupturas institucionales. La interacción entre las concepciones sagradas indígenas, la teología católica implantada por la corona española y las posteriores corrientes de secularización, libertad de cultos y pluralismo religioso decimonónico y contemporáneo han generado expresiones únicas como el sincretismo religioso y el guadalupanismo. El estudio de este proceso abarca desde los rituales de sacrificio y la veneración astronómica en las grandes urbes de Mesoamérica, hasta la instauración de la Inquisición, las disputas entre el Estado y la Iglesia Católica en las Leyes de Reforma y la Guerra Cristera, culminando en el panorama de diversidad y laicidad que caracteriza al México del siglo XXI.
Cosmovisión, panteón y ritualidad en la Mesoamérica prehispánica
Las civilizaciones prehispánicas que florecieron en Mesoamérica desarrollaron un sistema de creencias profundamente ligado a los ciclos agrícolas, los fenómenos astronómicos y la legitimación del poder político. Culturas como la Cultura Olmeca, la Cultura Maya, la Cultura Zapoteca y la Cultura Mexica compartían una cosmovisión caracterizada por la dualidad, el dinamismo del universo y la sacralidad de la naturaleza. El cosmos era concebido como un plano terrestre rodeado por aguas sagradas y dividido en niveles superiores celestiales e inferiores subterráneos, como el Mictlán en la tradición nahua o el Xibalbá en la teogonia maya expuesta en el Popol Vuh. La preservación del orden cósmico y la continuidad de la vida dependían del cumplimiento estricto de rituales, ayunos, ofrendas y autosacrificios dedicados a un vasto panteón divinizador de las fuerzas naturales.
En la Cultura Mexica, la teología estatal alcanzó un alto nivel de sistematización centrada en deidades principales como Huitzilopochtli, dios de la guerra y el sol; Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad; y Quetzalcóatl, la serpiente emplumada asociada a la sabiduría, el viento y la civilización. El templo principal de Tenochtitlan, el Templo Mayor, sintetizaba esta dualidad sagrada mediante sus dos adoratorios dedicados a Huitzilopochtli y Tláloc. La práctica del sacrificio humano, ampliamente documentada por arqueólogos e historiadores, poseía un profundo significado religioso y político: alimentar al sol con la energía vital de la sangre para evitar la muerte del quinto sol y la consecuente destrucción del mundo. Paralelamente, en la Cultura Maya, el rey o k'uhul ajaw actuaba como un intermediario divino capaz de comunicar el mundo terrenal con el plano de los antepasados y los dioses mediante complejos ritos de sangrado en monumentos urbanos como los de Palenque y Yaxchilán.
La conquista espiritual, la evangelización virreinal y el sincretismo
La caída de la capital mexica en 1521 inició un proceso paralelo de dominación militar y transformación ideológica conocido como la conquista espiritual. Para la Corona Española, la legitimidad del dominio colonial sobre la Nueva España descansaba en la bula papal de donación y la encomienda de evangelizar a la población autóctona. Las órdenes religiosas mendicantes encabezaron esta tarea: los Franciscanos llegaron en 1524 con la famosa expedición de los Doce Apóstoles de México, seguidos por los Dominicos en 1526, los Agustinos en 1533 y posteriormente la Compañía de Jesús. Misioneros como Toribio de Benavente (Motolinía), Bernardino de Sahagún y Vasco de Quiroga aprendieron las lenguas indígenas para traducir doctrinas, redactar gramáticas y comprender las costumbres locales, dejando obras monumentales como el Códice Florentino, valiosa fuente de la etnografía mesoamericana.
La estrategia de evangelización masiva incluyó la destrucción de templos prehispánicos, la edificación de iglesias sobre sus cimientos y la reubicación de poblaciones en pueblos de indios. No obstante, ante la imposibilidad de erradicar por completo las antiguas creencias, se produjo un complejo proceso de transculturación y sincretismo religioso. Los indígenas adoptaron el culto a los santos católicos asociándolos a sus antiguas deidades, como la asimilación del dios del trueno con Santiago Apóstol. El acontecimiento decisivo de este proceso fue la aparición de la Virgen de Guadalupe al indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1531 en el cerro del Tepeyac, un sitio previamente dedicado a la diosa tonantzin. El guadalupanismo se convirtió con el paso de los siglos en el elemento unificador más potente de la sociedad novohispana, abarcando a indígenas, mestizos y criollos, y funcionando posteriormente como un símbolo de identidad nacional.
La Iglesia Católica como institución de poder en la Nueva España y el Tribunal de la Inquisición
A lo largo del periodo virreinal, la Iglesia Católica se consolidó no solo como la autoridad espiritual suprema, sino como una de las instituciones corporativas más poderosas en los ámbitos político, económico y social de la Nueva España. Su estructura se dividía en el clero regular, conformado por las órdenes monásticas que administraban las misiones y doctrinas en las zonas de frontera, y el clero secular, organizado en diócesis y arzobispados bajo el mando del Arzobispado de México y supervisado por el mecanismo del Real Patronato, que otorgaba al monarca español el derecho de nombrar obispos y administrar diezmos. La Iglesia acumuló una inmensa riqueza territorial y financiera a través de capellanías, diezmos, donaciones y préstamos hipotecarios, convirtiéndose en el principal agente financiero y terrateniente de la colonia.
Para velar por la ortodoxia católica y perseguir la heterodoxia, se estableció formalmente en 1571 el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en la Ciudad de México. Aunque la población indígena quedó fuera de la jurisdicción inquisitorial por considerársele neófita en la fe —quedando bajo la tutela del Provisorato de Indios—, el tribunal persiguió con rigor el judaísmo cripto, el protestantismo, la hechicería, la blasfemia y las desviaciones morales entre españoles, criollos, mestizos y castas. Procesos célebres como el juicio contra la familia de Luis de Carvajal y de la Cueva por judaizar marcaron la historia de la institución. Paralelamente, la religiosidad virreinal se manifestó en una intensa vida comunitaria articulada por cofradías, procesiones, la fundación de conventos femeninos de clausura y el florecimiento del arte barroco sacro financiado por las élites mineras y agrarias.
Secularización, el conflicto Estado-Iglesia y las Leyes de Reforma en el siglo XIX
El proceso de independencia iniciado en 1810 estuvo profundamente marcado por símbolos y figuras religiosas, comenzando por el uso del estandarte de la Virgen de Guadalupe por el cura Miguel Hidalgo y Costilla y la participación del sacerdote José María Morelos y Pavón. La Constitución de 1824, primera del México independiente, declaró al catolicismo como la única religión oficial del Estado, prohibiendo el ejercicio de cualquier otra. Sin embargo, a medida que avanzaba el siglo XIX, la acumulación de bienes inmobiliarios por parte de la Iglesia, su monopolio sobre la educación, los registros civiles y los cementerios, así como su alianza estratégica con el partido conservador, desencadenaron un enfrentamiento ideológico y político de gran magnitud con el bando liberal.
El punto de inflexión ocurrió a mediados del siglo XIX con el triunfo de la Revolución de Ayutla y el ascenso de la generación liberal encabezada por Benito Juárez, Melchor Ocampo y Sebastian Lerdo de Tejada. La promulgación de la Constitución de 1857 y las subsecuentes Leyes de Reforma decretaron la separación definitiva entre el Estado y la Iglesia, la nacionalización de los bienes eclesiásticos, la supresión de las órdenes religiosas masculinas, el establecimiento del matrimonio civil, la secularización de los cementerios y la libertad de cultos. Estos cambios provocaron la sangrienta Guerra de Reforma y la posterior Segunda Intervención Francesa en México, donde los sectores conservadores y la jerarquía eclesiástica respaldaron el establecimiento del Segundo Imperio Mexicano encabezado por Maximiliano de Habsburgo, quien paradójicamente mantuvo la sustancia de las leyes secularizadoras liberales.
Religión y poder político durante el Porfiriato y la Revolución Mexicana
Con el establecimiento del régimen del Porfiriato bajo la presidencia de Porfirio Díaz, la relación entre la Iglesia y el Estado entró en una fase de conciliación pragmática conocida como la política de conciliación. Aunque las Leyes de Reforma permanecieron vigentes en el plano constitucional, el gobierno porfirista relajó su aplicación efectiva, permitiendo a la Iglesia Católica recuperar gradualmente presencia pública, reorganizar diócesis, reabrir colegios religiosos y reconsolidar su infraestructura institucional. Al mismo tiempo, el régimen porfirista fomentó una modesta penetración de misiones protestantes estadounidenses, en el marco de su estrategia de atracción de inversión extranjera y modernización cultural.
La Revolución Mexicana desatada en 1910 reabrió las fracturas entre el poder civil y el eclesiástico. La jerarquía católica vio con recelo las demandas radicales de los movimientos campesinos e industriales y respaldó abiertamente al régimen golpista de Victoriano Huerta. En respuesta, las facciones revolucionarias, particularmente el constitucionalismo liderado por Venustiano Carranza, adoptaron una postura fuertemente anticlerical, cometiendo saqueos de templos y expulsiones de sacerdotes extranjeros. El resultado de este enfrentamiento fue la redacción de la Constitución de 1917, cuyos artículos 3.º, 5.º, 24.º, 27.º y 130.º impusieron severas restricciones a las corporaciones religiosas: prohibición de la educación religiosa en escuelas primarias, privación de personalidad jurídica a la Iglesia, prohibición de poseer bienes inmuebles y privación de derechos políticos a los ministros del culto.
La Guerra Cristera y la redefinición de las relaciones Iglesia-Estado
La estricta aplicación de los preceptos anticlericales constitucionales por parte del presidente Plutarco Elías Calles mediante la denominada Ley Calles en 1926 detonó un conflicto armado a gran escala conocido como la Guerra Cristera. La suspensión del culto público por parte del obispado mexicano y la respuesta popular de sectores campesinos católicos en el centro y occidente del país —en estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas— dieron origen a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y al surgimiento del ejército cristero, que combatió bajo el lema de Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe contra las tropas del ejército federal.
El conflicto finalizó en 1929 mediante la firma de los Arreglos entre el gobierno interino de Emilio Portes Gil y la jerarquía eclesiástica, con la mediación de la diplomacia de Estados Unidos. Estos acuerdos determinaron la reanudación del culto y una tregua pragmática: la Constitución no fue modificada, pero el Estado renunció a la aplicación rigurosa de las leyes anticlericales. Durante las décadas siguientes, en el marco del sistema de partido hegemónico encabezado por el Partido Revolucionario Institucional, prevaleció una convivencia no escrita donde la Iglesia operaba con relativa autonomía sin intervenir formalmente en la política estatal. En 1992, bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, se aprobó una reforma constitucional histórica que modificó los artículos anticlericales, otorgando por primera vez en décadas reconocimiento jurídico a las asociaciones religiosas y restableciendo relaciones diplomáticas con la Santa Sede.
Pluralismo religioso y trasformaciones en el México contemporáneo
En los últimos años del siglo XX y durante las primeras décadas del siglo XXI, el panorama de creencias en México ha experimentado una profunda diversificación, transitando desde una hegemonía católica casi absoluta hacia una sociedad plural en materia de fe. Según los censos nacionales de población coordinados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la proporción de mexicanos que se identifican como católicos ha descendido gradualmente, mientras que el porcentaje de adscritos a iglesias protestantes, evangélicas y pentecostales ha mostrado un crecimiento sostenido, con un impacto significativo en entidades del sur del país como Chiapas, Tabasco y Campeche.
Paralelamente, se ha incrementado de manera notable la población que se declara sin religión, atea o agnóstica, especialmente entre las generaciones jóvenes y en los centros urbanos. En el ámbito de la religiosidad popular y no institucionalizada, han cobrado fuerza cultos emergentes y devociones informales como la Santa Muerte y San Judas Tadeo, que atraen a amplios sectores populares y urbanos. Pese a la diversificación y los procesos de secularización, expresiones como la peregrinación anual a la Basílica de Guadalupe cada 12 de diciembre continúan siendo manifestaciones masivas de identidad cultural, confirmando que la dimensión de lo sagrado permanece como un componente dinámico y articulador de la realidad mexicana contemporánea.
Resumen
La historia de la religión y las creencias en México evidencia una trayectoria continua de transformaciones, fusiones y disputas institucionales que han moldeado la cultura e identidad del país. En el periodo prehispánico, la Cultura Mexica, la Cultura Maya y otras civilizaciones ordenaron su sociedad y política en torno a una cosmovisión dualista centrada en deidades como Tláloc, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli, donde el sacrificio y los rituales sostenían el equilibrio cósmico. La llegada de los españoles trajo consigo la conquista espiritual encabezada por los Franciscanos, los Dominicos y la Compañía de Jesús, proceso que dio lugar a un profundo sincretismo religioso cuyo máximo exponente fue la devoción a la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, mientras el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición velaba por la ortodoxia novohispana.
Durante el siglo XIX, la Iglesia Católica pasó de ser la institución hegemónica reconocida en la Constitución de 1824 a enfrentar un drástico proceso de secularización impulsado por las Leyes de Reforma de Benito Juárez, desencadenando la Guerra de Reforma y la intervención del Segundo Imperio Mexicano. Tras la política de conciliación del Porfiriato, el anticlericalismo cobró un nuevo impulso en la Constitución de 1917, lo que derivó en el estallido de la Guerra Cristera entre 1926 y 1929. El entendimiento pragmático posterior desembocó en las reformas constitucionales de 1992 aprobadas por Carlos Salinas de Gortari, restableciendo derechos a las corporaciones religiosas. En el México contemporáneo, la sociedad transita hacia un creciente pluralismo religioso caracterizado por el aumento de comunidades evangélicas, el crecimiento de personas sin religión y la permanencia de devociones populares en el marco de un Estado laico.
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Salgado, A.E.V. (2026). Religiones y creencias en la historia de México. Historia Mexicana. https://historiamexicana.com/religiones-y-creencias-en-la-historia-de-mexico/
Salgado, Adrián Eduardo Vargas. “Religiones y creencias en la historia de México.” Historia Mexicana, 2026, https://historiamexicana.com/religiones-y-creencias-en-la-historia-de-mexico/
Salgado, Adrián Eduardo Vargas. “Religiones y creencias en la historia de México.” Historia Mexicana. Publicado el 24 de julio de 2026. https://historiamexicana.com/religiones-y-creencias-en-la-historia-de-mexico/
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Publicado por historiamexicana.com el 24 de julio de 2026. El titular ha publicado este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual (CC BY-NC-SA). Esta licencia permite a otros remezclar, adaptar y construir sobre este contenido de forma no comercial, siempre que den crédito al autor y licencien sus nuevas creaciones bajo los mismos términos. Al publicar en la web se debe incluir un hipervínculo a la URL fuente original.